jueves, 30 de agosto de 2018

En todas partes donde haya mujeres subordinadas a hombres.

"En una oficina no se anulan de tal forma el derecho al criterio y a la personalidad. Una tiene un jefe inmediato, del que depende y al que hay que soportar gruñidos y chistes idiotas, que es el primero en celebrar. Cierto que si la dirección choca con el jefe inmediato éste paga su disgusto con la pobre auxiliar. Cierto que si el jefe inmediato sostiene un altercado con su cónyuge, si ha perdido un guante, si padece hipocondría o le duele un callo, lo tiene que sufrir la pobre dactilógrafa. Pero, por otra parte, una hace su jornada de siete horas dentro de una disciplina mesurada y una relativa libertad. No hay que luchar con un público caprichoso y absurdo. No se está obligada a tolerar otras impertinencias que las del jefe inmediato. Y en lo concerniente a la moral... De eso habría mucho que hablar. Según. Se dan casos verdaderamente repugnantes; casos en que las auxiliares se han visto obligadas a denunciar al jefe inmediato o a pedir, con un pretexto cualquiera, su traslado a otro departamento de la casa. Esto tratándose del jefe inmediato, que cuando es el director quien origina las cosas, entonces el problema es de fácil solución: no hay más que coger la puerta... Y, a comer moralidad.

Esto no es lo general en las oficinas, pero sí lo frecuente. En las oficinas y en las fábricas y en los talleres y en los comercios, y en todas partes donde haya mujeres subordinadas a hombres".

Luisa Carnés: Tea Rooms. Mujeres obreras, 1934.

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