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viernes, 15 de julio de 2016

La culpabilización de las madres.

"Mucha gente piensa hoy que el abandono de la lactancia materna es un fenómeno muy reciente, típico de una sociedad hipertecnificada, y que nuestras abuelas daban de mamar con la misma naturalidad que las mujeres de las cavernas. Desde esta perspectiva, sorprende toparse con la avalancha de admoniciones y reconvenciones de los médicos de finales del XIX y principios del XX dirigían a las mujeres. (...).

Durante todo el proceso de industrialización se dio una doble pauta. Por un lado, entre las mujeres de clase alta y, en menor grado, de la burguesía se solía considerar de mal tono alimentar personalmente a los propios hijos. A menudo las familias pudientes recurrían a nodrizas pobres que, a su vez dejaban a sus propios hijos a cargo de otras mujeres. Por otro lado, también las madres pobres de las ciudades que tenían un trabajo remunerado se veían obligadas a dejar a sus recién nacido al cuidado de otras mujeres, que los alimentaban con caldos y otros brebajes o, en el mejor de los casos, con leche de vaca rebajada. El resultado de esta situación fue una altísima tasa de mortalidad infantil.

(...) Los nuevos expertos tendían a subrayar las negligencias personales -reales o imaginadas- y a infravalorar la dimensión estructural de las dificultades a las que se enfrentaban. Para los higienistas la causa principal de la mortalidad infantil siempre parecía ser la ignorancia de los adultos a cargo de los niños, y especialmente de las madres. El enfoque científico de la crianza se mostraba ciego al hecho incontrovertible de que para las madres trabajadoras era materialmente imposible criar bien a sus hijos en las condiciones sociales en las que se encontraban. Así surgió lo que se ha convertido en la pauta común de la literatura de consejos sobre crianza: la culpabilización de las madres".

Carolina del Olmo: ¿Dónde está mi tribu? Maternidad y crianza en una sociedad individualista.

jueves, 23 de junio de 2016

La privatización de los saberes de las mujeres.

"Con el tiempo la gente fue aceptando la intervención de los expertos y sus conocimientos especializados en la crianza, un terreno que hasta ese momento estaba dominado por saberes tradicionales. Pero, al menos al comienzo, no fue un proceso particularmente amigable. La pediatría y otras profesiones asistenciales desarrollaron un creciente control del cuidado del bebé (...). En el campo del cuidado obstétrico se forzó la medicalización de la atención al parto y se prohibió el ejercicio a matronas de formación no reglada. Los médicos decidieron que las matronas estaban ejerciendo intrusismo profesional en un cambio en el que ellos debían ser los expertos. El resultado, contra lo que cabría imaginar, fue un repunte de la mortalidad en los partos: el hecho de que los médicos, todos ellos varones, carecieran de la menor formación práctica y basaran sus intervenciones en delirantes suposiciones especulativas fue considerado un inconveniente menor.

(...) La irrupción de los expertos (...) se retroalimentó con algunos de los efectos del proceso de modernización. El cauce de transmisión de los saberes en las comunidades tradicionales son los propios vínculos densos que caracterizan estas sociedades. Las mujeres aprendían a cuidar a los niños desde muy jóvenes en su familia y en sus círculos de afinidad, y a menudo gestionaban estos conocimientos con bastante autonomía. La individuación moderna eliminó las condiciones sociales que hacían posible este proceso de enseñanza y aprendizaje. Y el auge de los expertos terminó por borrar hasta su recuerdo. En el transcurso de unas pocas generaciones, la intervención del especialista pasó de verse como una injerencia -en algunos casos bienvenida, en otros impuesta- a percibirse como una necesidad. Una vez que las artes tradicionales de la buena crianza quedaron olvidadas, las mujeres empezaron a buscar ansiosamente el consejo de expertos que las ayudaran a criar a sus hijos".

Carolina del Olmo: ¿Dónde está mi tribu? Maternidad y crianza en una sociedad individualista.

lunes, 31 de agosto de 2015

San Lunes.

"Parece ser que, de hecho, San Lunes era venerado casi universalmente dondequiera que existieran industrias de pequeña escala, domésticas y a domicilio; se observaba generalmente en las minas, y alguna vez continuó en industrias fabriles y pesadas*. Se perpetuó en Inglaterra hasta el siglo XIX -y en realidad hasta el XX- por razones complejas de índole económica y social. En algunos oficios, los pequeños patronos aceptaron la institución y emplearon los lunes para tomar o entregar trabajo.

*Epecialmente en las minas. Un viejo minero de Yorkshire me dice que en su juventud era costumbre, en las buenas mañanas de lunes, echar una moneda al aire para decidir si se iba o no a trabajar.

(...) La tentación de ahorrarse unas horas por la mañana, prolongaba el trabajo hasta la noche, horas iluminadas por velas. De pocos oficios se dice que no hagan honor a San Lunes: zapateros, sastres, carboneros, trabajadores de imprenta, alfareros, tejedores, calceteros, cuchilleros, todos los cockneys. A pesar del pleno empleo de muchos oficios en Londres durante las guerras napoleónicas, un testigo se lamentaba de que vemos que se guarda San Lunes tan religiosamente en esta gran ciudad (...) generalmente seguido de un San Martes también".

E. P. Thompson: "Tiempo, disciplina de trabajo y capitalismo industrial".


miércoles, 26 de agosto de 2015

De la desposesión del tiempo de vida.

"Allí trabajábamos mientras pudiéramos ver en el verano, y no sé decir a qué hora parábamos. Nadie sino el patrón y su hijo tenía reloj, y no sabíamos la hora. Había un hombre que tenía reloj (...). Se lo quitaron y lo pusieron bajo custoria del patrón porque había dicho a los hombres la hora".

Alfred [S. Kydd]: History of the Factory Movement, 1857.

"En realidad no había horas regulares: patronos y administradores hacían con nosotros lo que querían. A menudo se adelantaban los relojes de las fábricas por la mañana y se atrasaban por la tarde; y en lugar de ser instrumentos para medir el tiempo, se utilizaban como capotes para el engaño y la opresión. Aunque esto se sabía entre los hombres, todos tenían miedo de hablar, y entonces los trabajadores temían llevar relojes consigo, pues no era cosa rara que despidieran a cualquiera que presumiera de saber demasiado sobre la ciencia de la horología".

Anónimo: Chapters in the life of a Dundee factory boy, 1887.


miércoles, 22 de julio de 2015

Las máquinas o la vida.

"El ataque a Rawfolds se ha convertido en legendario. En él tomaron parte quizá ciento cincuenta luditas: se dijo que se esperaban más, pero que los contingentes de Leeds o Halifaz no consiguieron llegar a tiempo. Dirigidos por George Mellor, un joven tundidor de un pequeño taller de acabado situado en Londroyd Bridge, cerca de Huddersfield, los luditas intercambiaron un fuego vivo con los defensores atrincherados, durante veinte minutos. Bajo la cobertura de este fuego, un pequeño grupo de martilladores y hombres armados con hachas hicieron repetidos intentos de derribar las pesadas puertas de la fábrica. Este grupo sufrió bajas importantes, al menos fueron heridos cinco, de los cuales dos -heridos mortalmente- fueron abandonados cuando los luditas se replegaron repentinamente. Se dice que su jefe, Mellor, fue el último que abandonó el campo y que no pudo ayudar a los hombres heridos puesto que estaba ayudando a trasladar a otro hombre -su propio primo- a salvo. El terreno alrededor de la fábrica quedó cubierto de mosquetes, hachas, picas y herramientas de metal.

(...)

Cientos de personas se agruparon en la calle frente a la posada donde los hombres yacían moribundos. Se encontraron manchas de aqua fortis (utilizada, quizá, para cauterizar) en sus camas y se creyó que les habían torturado para que revelaran información. Se cree que Roberson se inclinó sobre el lecho de uno de ellos, John Booth, hijo de un pastor anglicano, que tenía diecinueve años, a la espera de una confesión final. En el momento de su muerte, el joven Booth le hizo señas a Roberson: '¿Puede usted guardar un secreto?'. 'Sí, sí - respondió impaciente Roberson-, puedo'. 'Yo también', le replicó Booth, y poco después murió".
E. P. Thompson: La formación de la clase obrera en Inglaterra.