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sábado, 17 de junio de 2017

De la esquizofrenia entre discurso y actuación.

"Y es así que entro en la casa a colaborar con mi madre, que está terminando el almuerzo y aprovecha para quejarse. Explica que está harta de las manías de los hombres con los que vive. Hasta el gorro de recoger calcetines y calzoncillos usados del suelo -para lavarlos, tenderlos, recogerlos, devolverlos a su sitio-, de levantar los platos en los que acaban de comer -que habrá de fregar-, de ser quien únicamente pasa un cepillo y un mocho cuando le dan las fuerzas -y se lo permite la bronquitis-.

Y le digo cómodamente: 'Deja de cuidarlos'. Entonces se monta la obra de teatro entre madre e hija. 'No lo hagas más, ¿qué va a pasar?', yo. Que tienen más años que matusalén, que ella ya cuidó bastante. Que qué pasaría sino estuviera. Que pruebe. '¿Y abandonarlos? ¿Y quién lo va a hacer?', ella. Que están viejos, que no saben hacer nada solos. 'Tú también estarías haciéndolo', me espeta. 'No, no estaría haciéndolo', respondo, aunque creo que digo mentiras. 'Pero es que a ti no te cuida nadie', yo.

'Algo tendré, lo que no sé es convivir con la mierda'. Y sé que hay mucho más que eso, la despensa surtida, dos menús al día, una batalla diaria contra el caos. En mi pequeña pieza teatral, la hija no va a tomar el rol de la madre, la madre no encuentra una salida para soltar su rol, el hombre no se está enterando de nada. Mi madre termina enfadada conmigo yo estoy enfadada con la vida.

Sabemos que no es nuestra tarea exclusiva pero no podremos evitar levantarnos para retirar los platos. Vemos la matriz que reparte los cuidados asimétricamente pero propondremos antes que nadie dejar de discutir. Convivimos con esa desigualdad y con nuestras intelectualizaciones. Esa pequeña esquizofrenia entre discurso y actuación (...). Probábamos las dulzuras de la vida autónoma, pero habíamos crecido absorbiendo la tendencia al cuidado -por el ejemplo de otras o por insistencia con muñecas de plástico- asignada a lo femenino. En este terreno confuso es posible la crítica feminista a la organización social que da por hecho tantas cosas, mientras en las prácticas concretas y en nuestras experiencias -urbanas o rurales, del norte o del sur- no hemos conseguido desmontar mucho. En este terreno convive todo, con cargo a nuestras espaldas, y yo no he hecho más que enfadar a mi madre".

Carolina León: Trincheras permanentes. Intersecciones entre política y cuidados.

martes, 6 de junio de 2017

El matrimonio es el único infierno que reconozco.

"Son numerosos los indicadores psicológicos y todos señalan en la misma dirección. Las mujeres casadas de esos estudios informan acerca de una depresión un 20% mayor que las solteras y tres veces la tasa de neurosis grave. Las mujeres casadas tienen más colapsos nerviosos, nerviosidad, palpitaciones e inercia. Aun otros males afectan desproporcionadamente a las mujeres casadas: insomnio, temblor de manos, mareos, pesadillas, hipocondría, pasividad, agorafobia y otras fobias, infelicidad con su aspecto físico y abrumadores sentimientos de culpa y vergüenza. Un estudio longitudinal de veinticinco años de mujeres con educación terciaria descubrió que las esposas tenían la menor autoestima, se sentían menos atractivas, declaraban la mayor soledad y se consideraban a sí mismas las menos competentes en casi todas las tareas, incluso el cuidado e sus hijos".

Susan Faludi: Reacción. La guerra no declarada contra la mujer moderna, 1991.

"- Prima, hay sufrimientos en donde hay opresión y opresión en donde el poder de ejercitarla existe. En Europa, como aquí, las mujeres están sometidas a los hombres y tienen que sufrir aún más su tiranía.

- (...) Es usted muy buena en irritarse así por la suerte de las mujeres. Son, en efecto, muy desgraciadas y, sin embargo, querida amiga, no puede usted juzgar de ello sino imperfectamente. Para tener una idea justa del abismo del dolor en que está condenada a vivir, hay que estar o haber estado casada. ¡Oh, Florita! El matrimonio es el único infierno que reconozco".

Flora Tristán: Peregrinaciones de una paria, 1838.

jueves, 18 de mayo de 2017

Y comieron perdices.

"El hombre de la mayoría de los cuentos de hadas, el príncipe azul, en realidad no es muy interesante. En la mayoría de cuentos de hadas, tiene un atractivo insulso y casi nunca muestra mucha personalidad, gusto o inteligencia. Se supone que debemos conformarnos porque es el príncipe azul y encantador. Se supone que con su encanto basta.

Las versiones Disney de los cuentos de hadas, probablemente las más conocidas, no presentan una gran oferta en lo que a príncipes se refiere. En La sirenita, el príncipe Eric tiene una gran mujer delante de sus narices, pero está tan obsesionado con una voz hermosa que escuchó una vez que no es capaz de valorar lo que tiene. En Blancanieves, el príncipe ni siquiera encuentra a Blancanieves hasta que está comatosa, y tiene tan poca imaginación que se enamora sin más de su cuerpo aparentemente exánime. En La bella y la bestia, Bella es entregada a la Bestia por su propio padre, y luego tiene que soportar las atenciones de un hombre que básicamente la ve como un mueble. Tendrá que sacrificarse y amar a una bestia de hombre para descubrir al final que en realidad es un apuesto príncipe.

Lo que tienen los cuentos de hadas es que la princesa encuentra a su príncipe, pero normalmente debe pagar un precio. Hace falta un compromiso para ser felices para siempre. En el cuento de hadas es la mujer quien suele pagar el precio. Parece que esa es la naturaleza del sacrificio".

Roxane Gay: Mala feminista.

viernes, 27 de enero de 2017

La mujer contemporánea se está volviendo difícil.

"La mujer contemporánea se está volviendo difícil: quiere y pide que se respete su personalidad, su alma, que su yo sea considerado. No soporta el despotismo. (...) La mujer contemporánea está en condiciones de perdonar mucho de cuanto resultaba más duro para la mujer antigua: la incapacidad del hombre para procurarle un bienestar material, un descuido exterior para con ella, inclusive una infidelidad; pero nunca podrá olvidar, nunca aceptará un actitud despectiva hacia su yo espiritual, hacia su alma. Si su amigo "no la comprende", las relaciones pierden, él, ojos de la mujer nueva, la mitad de su valor.

(...) Cuanto más decantada es la personalidad de una mujer, más se siente ser humano, más intensa es para ella la ofensa del hombre que, por su mentalidad formada en el curso de los siglos, no sabe advertir, en la mujer deseada, el individuo que despierta. Tales exigencias acrecentadas con respecto al hombre obligan a nuestras heroínas de novelas contemporáneas a ir de una pasión a otra, de un amor a otro, en dolorosa búsqueda del ideal accesible: la armonía de la pasión y la compenetración espiritual, la conciliación del amor y de la libertad, la unión de la amistad y de la mutua dependencia. (...) La realidad presente defrauda a todas esas ingenuas buscadoras de un amor armonioso, pleno. Y rompen implacablemente todos los lazos de amor, parten hacia su sueño. Pero olvidan que lo que hoy pretenden no podrá realizarse sino en un lejano futuro, y por hombres cuyo espíritu se haya renovado, hombres que habrán asimilado orgánicamente la idea de que, en la unión amorosa, el primer puesto debe corresponder a la amistad y la libertad".

Alejandra Kolontai: "La mujer nueva", 1918.

domingo, 20 de marzo de 2016

Nuestra mejor carrera es el matrimonio.

"No existe una razón o necesidad inherentes para que todas las mujeres elijan dedicar sus vidas a una función animal y sus consecuencias. Numerosas mujeres son esposas y madres sólo porque no les queda otra trayectoria abierta, ninguna otra ocupación para sus sentimientos o actividades".

John Stuart Mill y Harriet Taylor Mill: Ensayos sobre la igualdad sexual, 1832.

"Nosotras somos esclavas de los hombres de los cuales somos las madres, hijas y esposas, pero de quienes ya no queremos ser más sus sirvientes humildes, ya que sentimos claramente que hemos nacido libres como los hombres".

Claire Démar: Textes sur l'affranchisement des femmes, 1832-1833.

"La sociedad patriarcal se apropia de nuestro cuerpo y lo utiliza como máquina reproductora (...). Ponemos la mesa mientras nuestros hermanos juegan, estudiamos secretariado o enfermera o nada, mientras ellos estudian Ciencias Empresariales o Medicina o entran de aprendices en un taller. Nuestra mejor carrera es el matrimonio y para esto no hace falta estudiar".

Dones en Lluita, mayo de 1978.