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jueves, 2 de agosto de 2018

La pesada carga de ser mujer.

"Cuando mi padre se enteró de que yo tenía una hija y de que la había dejado en el extranjero, se sintió sumamente perturbado. Era un hombre inteligente y bien educado, y como es natural se dio perfectamente cuenta de que una niña que había nacido de una madre que vivía en la clandestinidad no podía ser legítima, y sufría, tanto por mí como por la niña, sufría por mi pesar y por la imposibilidad de ayudarme. No quería reprocharme...

- Oh, ¿por qué no naciste varón? -En un instante, esa expresión melancólica, que me era tan familiar, vino a mí desde los lejanos tiempos de la infancia, la expresión que solía hacerme rezar silenciosamente a Dios durante interminables horas par que Él me transformara en varón... Entonces comprendí lo que quería decir papá, comprendí que tenía que soportar una doble carga en la vida: la pesada carga del ser humano y además la carga de ser mujer".

Olga Liubatóvich sobre su visita a Moscú en 1881. Recogido en VV.AA.: Cinco mujeres contra el Zar.

miércoles, 13 de junio de 2018

Vivir para trabajar o trabajar para vivir.

"Si van a aumentar nuestras horas de ocio, en un futuro automatizado, el problema no consiste en cómo podrán los hombres "consumir" todas estas unidades de tiempo libre adiccionales, sino qué capacidad para la experiencia tendrán estos hombres con este tiempo no normativizado para vivir. Si conservamos una valoración puritana del tiempo, una valoración de mercancía, entonces se convierte en cuestión de cómo hacer este tiempo "útil", o cómo explotarlo para las industrias del ocio. Pero si la idea de finalidad en el uso del tiempo se hace menos compulsiva, los hombres tendrán que reaprender algunas de las artes de vivir perdidas con la revolución industrial: cómo llenar los intersticios de sus días con relaciones personales y sociales más ricas, más tranquilas; cómo romper otra vez las barreras entre trabajo y vida".

E. P. Thompson: "Tiempo, disciplina de trabajo y capitalismo industrial".

"Necesitamos guarderías, no para liberar parte de nuestro tiempo y así poder trabajar en otro sitio, sino para poder ir a dar un paseo, para charlar con nuestras amigas o para poder acudir a una reunión de mujeres".

Silvia Federici: "Devolvamos al feminismo al lugar que le corresponde".

lunes, 21 de mayo de 2018

O el marido o el amo expoliador.

"Matilde ha visto de cerca, ha tocado la tragedia del hogar, la felicidad, la paz del hogar cristiano, tan preconizado por curas y montas. El marido llega a él cansado de trabajar -cuando hay trabajo-. Allí hay unos chiquillos que gritan, que lloran, y una mujer mal vestida y gruñona, que ha olvidado hace muchos años toda palabra agradable y cuyas manos huelen insoportablemente a cebolla. 'Bueno, ya no tengo dinero; fíjate'. 'Está bien. No me eches cuentas. Supongo que no te lo habrás comido'. '¡Se lo contaré al vecino!'. 'Bueno, ¿y qué? Yo no puedo hacer más. Estoy todo el día hecho un burro'. '¿Y yo no trabajo? ¡Pero como no traigo dinero!'. El marido piensa que las cosas de la casa se hacen por sí mismas (¡milagrera meseta del fámulo Isidro!) y no le da importancia alguna al trabajo de la mujer, al embrutecedor trabajo doméstico.

'Me echas en cara el pan que me como, pero bien me lo gano', dice la esposa. O bien: 'Tú quisieras que yo trajese dinero a casa, ¿verdad? Con tal de que no te pidiera un céntimo, te daría igual que lo sacara de donde fuese. Pero como no tengo ningún querido que me lo dé...', etcétera. ¡Horrible! Da igual que el hogar sea un piso alto, o que sea una pastelería. Varía el sitio nada más. Los chicos, en lugar de meter las manos en la tina del agua sucia, las introducen en la masa extendida sobre los tableros de la cocina. Por lo demás, el marido también dice que no puede con tanto trabajo, y la esposa repite hasta el cansancio que está 'todo el santo día hecha una mula'. Pero también hay mujeres que se independizan, que viven de su propio esfuerzo, sin necesidad de aguantar tíos. Pero eso es en otro país, donde la cultura ha dado un paso de gigante; donde la mujer ha cesado de ser un instrumento de placer físico y explotación; donde las universidades abren sus puertas a las obreras y las campesinas más humildes. Aquí, las únicas que podrían emanciparse por la cultura son las hijas de los grandes propietarios, de los banqueros, de los mercaderes enriquecidos; precisamente las únicas mujeres a quienes no les preocupa en absoluto la emancipación, porque nunca conocieron los zapatos torcidos ni el hambre, que engendra rebeldes. Matilde ha oído algo sobre esto, no recuerda dónde; o lo leyó en algún libro, tampoco recuerda exactamente cuál. En los países capitalistas, particularmente en España, existe un dilema, un dilema problemático de difícil solución: el hogar, por medio del matrimonio, o la fábrica, el taller o la oficina. La obligación de contribuir de por vida al placer ajeno, o la sumisión absoluta al patrono o al jefe inmediato. De una u otra forma, la humillación, la sumisión al marido o al amo expoliador.

¿No viene a ser una misma cosa?".

Luisa Carnés: Tea Rooms. Mujeres obreras, 1934.

lunes, 29 de mayo de 2017

No podemos permitirnos ese lujo.

"Las mujeres no tenemos una memoria limitada. No podemos permitirnos ese lujo (...).

En la antigüedad, las mujeres empleaban gelatinas, gomas y plantas como métodos anticonceptivos y para interrumpir embarazos no deseados. Esas prácticas continuaron hasta el siglo XIV, cuando Europa necesitaba repoblarse y empezó a perseguir a las 'brujas' y a las comadronas que compartían su valioso conocimiento sobre métodos anticonceptivos.

Cada vez que un Gobierno quería conseguir un objetivo, a menudo relacionado con el crecimiento demográfico, restringía el acceso al control de natalidad o lo criminalizaba, a menos que el crecimiento demográfico afectase a los pobres, por supuesto, en cuyo caso se fomentaba la contracepción con entusiasmo. Históricamente, la sociedad sólo ha querido que la 'gente adecuada' tenga derecho a la vida.

(...) Las mujeres han llegado a tirarse por las escaleras o hacerse daño físico de otra manera para provocarse un aborto. Como señalaba el Dr. Waldo Fielding en el New York Times: Se había utilizado y se utilizaba prácticamente cualquier instrumento imaginable para provocar abortos: agujas de zurcir, agujas de ganchillo, saleros de cristal tallado, botellas de gaseosa, a veces intactas y a veces con el cuello roto. Las mujeres han intentado usar jabón, lejía, catéteres, remedios naturales. Históricamente, han recurrido a cualquier medio necesario. Y lo volverán a hacer si las hacen retroceder a ese terrible rincón. Esta es la responsabilidad que nuestra sociedad ha impuesto a las mujeres durante siglos.

Es un pequeño milagro que nosotras tengamos buena memoria de nuestros derechos, que han sido continua y vergonzosamente alienables".

Roxane Gay: Mala feminista.

domingo, 19 de junio de 2016

La mujer devorada por la madre (IV), o de las contradicciones de Aldous Huxley.

"La externalización del cuidado que defendió el racionalismo de Charlotte Perkins Gilman se está produciendo de hecho. Pero no a través de las iniciativas de activistas, sino por medio de la grisácea intervención de las instituciones burocráticas y el mercado. Así, en lugar de espacios de encuentro para niños gestionados de manera colectiva, tenemos un mercado de guarderías privadas, un servicio público deficiente de escuelas infantiles y un ejército de trabajadoras domésticas en régimen de semiesclavitud. En lugar de mujeres liberadas dedicadas al cultivo de su autonomía en el campo de su elección, tenemos hombres y mujeres subyugados por el empleo remunerado. Las pioneras feministas no ocultaban su radicalidad utópica. Hoy, en cambio, vivimos un utopismo light, que se niega a llamar a las cosas por su nombre y disfraza de conciliación lo que no deja de ser un experimento social brutal. Y quienes quieren y pueden permitirse ser madres, pasan su escaso tiempo libre sintiéndose culpables y oprimidas por los imperativos románticos en torno a la madre amantísima que ha de aprovechar esos ratos para dispensar a sus hijos todo el amor, toda la atención y todos los mimos que no ha podido ofrecerles durante el día. En ese sentido, la crisis de los cuidados contemporánea no es un fracaso sino el éxito definitivo de un programa de transformación social de una radicalidad asombrosa".

Carolina del Olmo: ¿Dónde está mi tribu? Maternidad y crianza en una sociedad individualista.

martes, 14 de junio de 2016

Las cosas importantes pasaban siempre fuera.

"(...) Los procesos de industrialización inauguraron una era de profundo malestar de la mujer en el hogar. En casa sólo había espacio para las tareas domésticas, el tedio, una asfixiante sobrecarga afectiva y, a lo sumo, el cuidado de los hijos compartido con -y dirigido por- expertos médicos y educativos. Además, las mujeres urbanas se fueron encontrando cada vez más solas, desgajadas de su vínculo con otras mujeres en las que apoyarse y de las que recibir información y conocimientos. El nuevo modelo de hogar reprodujo a escala microscópica algunas de las ambigüedades consustanciales a la experiencia de la modernidad. El hogar era algo maravilloso, un refugio ante la hostilidad de la vida urbana y la selva del mercado laboral. En él se agolpaban las relaciones afectivas, el amor y el altruismo. Pero las cosas importantes siempre pasaban fuera, donde estaban los hombres: en las empresas, en las fábricas, en los laboratorios, en las universidades, en las calles, en el parlamento... Quedarse en casa parecía una opción cada vez menos apetecible. Por eso, durante décadas, una legión de moralistas, médicos, predicadores, sociólogos y opinadores de toda laya se esforzaron denonadamente por inventar pretextos para mantener a las mujeres atadas al hogar en un mundo que ofrecía cada vez más y más posibilidades para ellas".

Carolina del Olmo: ¿Dónde está mi tribu? Maternidad y crianza en una sociedad individualista.

miércoles, 8 de junio de 2016

En defensa de la tribu.

"Todas las madres con niños pequeños necesitamos sostén, acompañamiento, solidaridad y resguardo de otros miembros de nuestra tribu. Pero claro, en el mundo occidental -especialmente en las grandes ciudades- nos hemos quedado sin tribu. Emprendemos la búsqueda solicitando apoyo y lo que encontramos más cerca es al señor que duerme en nuestra cama, que en la mayoría de los casos ha sido nombrado padre oficial del niño. Llamativamente suponemos entonces que toda la compañía, el cobijo, la ayuda, la disponibilidad y la empatía que una tribu entera nos hubiera prodigado, ahora debería provenir de una sola persona: el padre del niño. Tomemos en cuenta que una cosa es la inmensa necesidad de ser amparadas frente a la desesperación, la locura y las vivencias confusas que estamos experimentando desde el nacimiento de nuestros hijos, y otra es lo que un solo individuo puede ofrecer, reemplazando los roles de muchos. Cuando no vislumbramos nuestra realidad en forma global, creemos que las cosas se solucionarían si el varón regresara más temprano a casa, si cambiara los pañales de vez en cuando o si ganara más dinero. Es tiempo de admitir que somos sólo dos personas -nada más que dos- y que tanto las madres como los padres estamos demasiado solos en la compleja tarea de acunar a nuestros hijos".

Laura Gutman: "En lugar de tribu hay sólo un padre".

lunes, 6 de junio de 2016

La invención del hogar.

"Los procesos de modernización no sólo transformaron la vida pública, también afectaron profundamente a la estructura de los hogares. El avance de la industrialización redujo el hogar al lugar donde habita la pequeña familia nuclear moderna, y en el que sus miembros duermen, se alimentan, se cuidan, se quieren -o se odian- y poco más. El hogar antiguo era un sitio mucho más abigarrado, donde, por así decirlo, las gallinas ponían sus huevos en el mismo lugar en el que las mujeres parían, los niños jugaban y los ancianos moría. En él se superponían tareas muy distintas, muchas de ellas controladas por mujeres, como el cultivo, el cuidado del ganado, el aprovisionamiento de agua potable, la fabricación de ropa y enseres diversos o la producción de alimentos de todo tipo. Además, las mujeres solían ser las encargadas de criar y educar a los hijos, curar enfermedades comunes y atender partos, para lo cual atesoraban un buen número de conocimientos prácticos que hoy se encuentran compartimentados en manos de distintos profesionales. Todavía hoy en las zonas rurales se pueden apreciar los restos de los hogares de este tipo: aunque buena parte de su aprovisionamiento tiene lugar en el mercado, hay mujeres que cultivan huertos, hacen pan, ordeñan vacas, cosen y zurcen y si no atienden los partos de sus hijas, no es porque no sepan hacerlo.

(...) Durante miles de años, el hogar familiar no sólo fue una fuente de sentido simbólico, sino la base material de la vida social. Nuestros hogares, cada día más vacíos, son una excepción histórica, no la norma".

Carolina del Olmo: ¿Dónde está mi tribu? Maternidad y crianza en una sociedad individualista.

miércoles, 13 de abril de 2016

Salud feminista.

"Hoy en día, compañías privadas con fines de lucro dominan casi por completo el mercado de salud, el cual mueve billones de dólares. Estas organizaciones privadas, buscando mayores ganancias, tratan de controlar el uso del sistema médico, limitando el acceso a los servicios de salud a aquellos grupos de personas más pobres y necesitadas. A la vez, nos dicen que sin la industria biomédica, no podemos mantener una buena salud. En realidad, el 90% de los índices de buena salud depende de nuestras condiciones de vida, tales como la nutrición, la vivienda, la educación, los recursos económicos y el apoyo social. En los EEUU, durante las últimas tres décadas, ha crecido el abismo entre ricos y pobres, y la mayoría de estos últimos son mujeres con niños, afro-americanas y latinas. para mantener un sistema de vida con tanto privilegio para tan pocos, se exporta una ideología económica que glorifica la riqueza de unos pocos e ignora la miseria de muchos; se importa la fuerza laboral de inmigrantes legales e ilegales para los trabajos más miserables y peligrosos, rechazando toda responsabilidad por su presencia humana entre nosotros. Aunque hemos logrado mucho en el campo de la salud de la mujer, necesitamos más que nunca que nuestras voces se unan para preservar los logros, para incluir a todas las mujeres, y para seguir luchando por la justicia económica y racial como parte integral de la justicia para las mujeres".

La colectiva del libro de salud de las Mujeres de Boston: Nuestros cuerpos, nuestras vidas. Actualización de 1998.

miércoles, 23 de marzo de 2016

Cadenas globales de cuidados.

"La cadena mundial de cuidados constituye un sistema socioeconómico global, usualmente de signo femenino, en el sector precario de los cuidados. En este traspaso migratorio, las empleadas de hogar de Bangla Desh o Sri Lanka se cuidan de las familias en Oriente Medio, las filipinas se encargan del trabajo de cuidado de las familias españolas y las de México se ocupan de las familias en los Estados Unidos en un circuito global de servicios de cuidado. Ya en 1992, 100.000 mujeres de Indonesia trabajaban como empleadas del hogar en  Arabia Saudí, mientras aproximadamente 12.000 filipinas desempeñaban trabajos similares en Italia. Esta situación de dimensiones globales ha significado que sobre las espaldas de las trabajadoras domésticas cae la carga de ocuparse de los hogares y de los familiares de sus empleadoras, a menudo en un papel de maternalismo sustitutorio con la atención a la familia de otra madre trabajadora. Debe dejar a cargo de otras madres suplentes (abuelas, tías, vecinas) el cuidado de su propia familia, pero a la vez, corriendo a su cargo el ejercicio de la maternidad afectiva y monetaria a distancia. Además, la estabilidad económica de muchos países ha dependido hace tiempo de las remesas de las mujeres migradas empleadas de forma mayoritaria en el trabajo de cuidado.

(...) Llama la atención que en las diferentes sociedades se asiste a una continuidad de valores patriarcales que atribuyen una gran dosis de victimismo y de culpabilización a las madres involucradas en la cadena mundial de cuidados. Tanto a las madres suplentes inmigrantes como a las profesionales autóctonas, se les acusa de deprivación afectiva con respecto a sus hijos/hijas. (...) Por otra parte, la mirada victimista ha ocultado la capacidad de agencia de las madres trabajadoras migrantes y autóctonas  -en las épocas históricas y en la actualidad- y de los procesos de empoderamiento o de opresión femenina que resulten de la construcción social de la maternidad".

Mary Nash: Mujeres en el mundo. Historia, retos y movimientos.

lunes, 8 de febrero de 2016

La batalla por la vida.

"Raíces, raíces profundas para desterrar las historias negras y los sueños macabros. Del cielo de Kandahar llueven bombas y patas de palo. Humanidad mutilada y hambrienta. Ovejas, cabras, vasos de terracota, la verdadera riqueza perdida. Prados, arrozales, campos, bosques y selvas, arroyos de agua, ríos de vida. Animales de África, sabanas, junglas y desiertos, llanuras de hierba resplandeciente, altiplanos fecundos y deltas ricos en peces. En las guerras que se van sucediendo yo no veo más que esto. La destrucción sistemática de toda economía de subsistencia, la destrucción sistemática de todo recurso comunitario de vida, ante todo la propia tierra, para que la humanidad entera se vea obligada a depender para la supervivencia única y exclusivamente del dinero y se halle, por lo tanto, en la dependencia y en el chantaje más absolutos. Humanidad por ello mismo cada vez más sobrante y cada vez más abocada a perder el espíritu y la vida.

Pero, en las calles, en las escuelas, en los hogares, en las fábricas, en los campos, en el mar, estudiantes, mujeres, obreros, agricultores, pescadores, pueblos indígenas, esto dije en el encuentro: esta vez es la Diosa Madre la que llama. La Madre Tierra está recomponiendo en el más poderoso frente de lucha los múltiples sujetos y las más diversas etnias de sus hijos. Para la verdadera madre de todas las batallas, la batalla por la vida".

Mariarosa Dalla Costa: "El ataque a la tierra".

miércoles, 20 de enero de 2016

Que participen de la riqueza social de manera tan autónoma como queremos estar nosotras mismas.

"Que quede claro que no es éste el comedor que se quiere, ni tampoco son éstos, en este mismo sentido, los jardines de infancia que se quieren. Queremos también comedores, y también jardines de infancia, y también lavadoras y lavaplatos, pero queremos asimismo comer entre cuatro personas cuando tengamos ganas y tener tiempo para estar con los niños y con los ancianos y con los enfermos cuando y donde queramos; y "tener tiempo" se sabe que quiere decir que también ellos deben trabajar menos. Y tener tiempo para estar con los niños, con los ancianos y con los enfermos no quiere decir poder correr a hacer una visita rápida a esos garajes de niños que son las guarderías o a los asilos de ancianos o a las residencias de minusválidos, sino que quiere decir que nosotras, que hemos sido las primeras excluidas, tomemos la iniciativa de esta lucha para que todas estas personas, igualmente excluidas, niños, ancianos, minusválidos, participen de la riqueza social para poder estar con nosotras y con los hombres, entre nosotros, de forma tan autónoma como queremos estar nosotras mismas; porque su exclusión del proceso social directamente productivo, de la vida social, al igual que la nuestra, es producto de la organización capitalista".

Mariarosa Dalla Costa: "Mujeres y subversión social", 1971.

jueves, 7 de enero de 2016

Contra el desarrollo que nos ofrecen.

"Hemos trabajado bastante. Hemos recogido millones de toneladas de algodón, lavado millones de platos, raspado millones de suelos, mecanografiado millones de palabras, puesto los hilos de millones de radios, lavado millones de pañales a mano y a máquina. Cada vez que nos han "abierto puertas" para entrar en alguna fortaleza masculina, nos han abierto una nueva cota de explotación. (...) El plan capitalista ofrece al Tercer Mundo "desarrollarse": lo cual quiere decir, además del purgatorio  presente, sufrir también el purgatorio de la contrarrevolución industrial. A las mujeres de la metrópoli se les ha ofrecido la misma "ayuda". Pero aquellas entre nosotras que han salido de casa para trabajar, por necesidad de supervivencia o para los denominados gastos personales o por independencia económica, han puesto en guardia a las demás: la inflación nos ha dejado atadas al condenado consorcio de las mecanógrafas o a la cadena de montaje y en todo esto no hay salvación. Debemos rechazar el desarrollo que nos ofrecen. Con todo, la lucha de la mujer que trabaja fuera no va dirigida a volver al aislamiento del hogar, por más que algunas veces los lunes por la mañana el hogar pueda parecer atractivo. Del mismo modo, la lucha del ama de casa no va dirigida a cambiar la prisión doméstica por la atadura a la mesita de la máquina de escribir o a la cadena de montaje (...).

(...) El reto del Movimiento Feminista consiste en encontrar modos de lucha que, liberando a la mujer del hogar, por un lado, le eviten una doble esclavitud y, por otro, quiten espacio a una nueva posibilidad de control y de sometimiento capitalistas. En el fondo, ésta es la discriminante entre reformismo y política revolucionaria en el Movimiento Feminista".

Mariarosa Dalla Costa: "Mujer y subversión social", 1971.

lunes, 13 de abril de 2015

A Eduardo Galeano, fuego grande.

"Un hombre del pueblo de Neguá, en la costa de Colombia, pudo subir alto al cielo.

A la vuelta, contó. Dijo que había contemplado, desde allá arriba, la vida humana. Y dijo que somos un mar de fueguitos.

- El mundo es eso - reveló -. Un montón de gente, un mar de fueguitos.

Cada persona brilla con luz propia entre todas las demás. No hay dos fuegos iguales. Hay fuegos grandes y fuegos chicos y fuegos de todos los colores. Hay gente de fuego sereno, que ni se entera del viento, y gente de fuego loco, que llena el aire de chispas. Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman; pero otros arden la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca, se enciende".

Eduardo Galeano: "El mundo", en El libro de los abrazos.