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sábado, 15 de septiembre de 2018

Recuperemos el derecho a vivir la noche.

"A la sede venían también muchísimas chicas mujeres jóvenes y menos jóvenes estudiantes obreras amas de casa que habían venido a las manifestaciones que se habían conocido en las ocupaciones y en la sede ocuparon una habitación para ellas y pusieron en la puerta un cartel cuarto de las mujeres y ay de quien entra ahí sin su permiso sobre todo cuando celebran sus reuniones y luego hacen circular por ahí material de contrainformación sobre la sexualidad sobre la salud sobre la reapropiación del cuerpo sobre el salario doméstico hacen cantidad de cosas piden al ayuntamiento la creación de un consultorio autogestionado llenan calles y plazas con la campaña por el aborto libre y gratuito y una noche invaden un cine mientras proyecta una película porno y con las polaroids con los flashes fotografían a los espectadores luego suben a la cabina de proyección y secuestran las bobinas de la película

otra noche esperan en grupo por la calle a un facineroso implicado en una historia ocurrida hacía poco un intento de estupro y se le echan encima unas veinte con palos le llenan de patadas y de porrazos un grupo de amigos del tío salen del bar de al lado y siguen la escena muertos de risa también nosotros los chicos corremos hacia allí porque sabiendo de qué iba nos habíamos apostado no demasiado lejos temiendo una reacción pero las mujeres cabreadas amenazan con los palos a los hampones y también a nosotros y nos dicen que nos vayamos que no necesitan que nosotros las defendamos y al día siguiente reivindican la acción con un tatzebao que pegan en las paredes donde se dice recuperemos el derecho de vivir la noche".

Nanni Balestrini: Los invisibles.

lunes, 18 de junio de 2018

De los límites de la sororidad (VII).

"Borrando toda historia, incluida la historia oral de la relación entre las mujeres blancas y las no-blancas, el feminismo hegemónico blanco equiparó mujer blanca y mujer. Pero es claro que las mujeres burguesas blancas, en todas las épocas de la historia, incluso la contemporánea, siempre han sabido orientarse lúcidamente en una organización de la vida que las colocó en una posición muy diferente a las mujeres trabajadoras o de color. La lucha de las feministas blancas y de la "segunda liberación de la mujer" de los años setenta en adelante pasó a ser una lucha contra las posiciones, los roles, los estereotipos, los rasgos, los deseos impuestos con la subordinación de las mujeres burguesas blancas. No se ocuparon de la opresión de género de nadie más. Concibieron a "la mujer" como un ser corpóreo y evidentemente blanco pero sin conciencia explícita de la modificación racial. Es decir, no se entendieron a sí mismas en términos interseccionales, en la intersección raza, género y otras potentes marcas de sujección y de dominación. Como no percibieron estas profundas diferencias, no encontraron ninguna necesidad de crear coaliciones. Asumieron que había una hermandad, una sororidad, un vínculo ya existente debido a su sujeción de género.

María Lugones: "Colonialidad y género".

miércoles, 31 de enero de 2018

Si las mujeres dejaran de gastar estarían haciendo huelga.

"Las mujeres no hacen de la casa un centro de consumo. El proceso de consumo es integral con respecto a la producción de la fuerza de trabajo y si las mujeres se negasen a hacer la compra, a gastar, estarían haciendo una huelga. Una vez dicho esto, sin embargo, debemos añadir que con frecuencia las mujeres intentan compensar las relaciones sociales de las que se ven privadas, en tanto que separadas de un trabajo organizado socialmente, comprando cosas. Si esto es algo superfluo o no depende del punto de vista y del sexo de quien lo juzgue: los intelectuales compran libros pero nadie considera tal consumo superfluo. Con independencia de la validez mayor o menor del contenido, el libro en esta sociedad representa todavía, gracias a una tradición iniciada antes del capitalismo, un valor masculino.

Hemos dicho ya que las mujeres compran cosa para la casa porque la casa es la única prueba de que existen. Pero la idea de que el no consumo es de algún modo una liberación es tan vieja como el capitalismo y proviene de los capitalistas que echan siempre a los obreros la culpa de la condición obrera. Durante años, los negros de Harlem sufrieron las amonestaciones de buenos liberales que les decían que si hubiesen dejado de conducir Cadillacs -hasta que las empresas que los vendían a plazos los hubiesen retirado-, se habría resuelto el problema del color. Hasta que la violencia de su lucha (que era la única respuesta adecuada) dio la medida de su poder social, esos Cadillacs eran uno de los pocos modos de mostrar su potencial de poder. Y esto, y no la frugalidad, era lo que inducía a los liberales a la recriminación.

En todo caso, nada de lo que compramos nos sería necesario si fuésemos libres. Ni el alimento de mala calidad que nos suministran, ni los vestidos que hacen clase, sexo y generación,  ni las casas en las que nos meten".

Mariarosa Dalla Costa: "Poder femenino y subversión social".

lunes, 22 de enero de 2018

Una relación peligrosa con el neoliberalismo.

"Con la perspectiva que ofrece el tiempo, vemos ahora que el ascenso del feminismo de segunda ola coincidió con un giro histórico en el carácter del capitalismo, que paso de la variante organiza por el Estado (...) al neoliberalismo. (...) Aspiraciones que en el contexto del capitalismo organizado por el Estado tenían un claro impulso emancipador, asumieron un significado más ambiguo en la era neoliberal.

(...) En este periodo, las reivindicaciones de justicia se expresaban crecientemente ne forma de reivindicaciones de reconocimiento de la identidad y la diferencia. Con este giro de la distribución al reconocimiento se produjeron poderosas presiones para transformar el feminismo de segunda ola en una variante de la política de identidad. Una variante progresista, sin duda, pero que no obstante tendía a sobreampliar la crítica a la cultura, al tiempo que minimizaba la crítica a la economía política. En la práctica se dio una tendencia a subordinar los enfrentamientos socioeconómicos a las luchas por el reconocimiento, mientras que en el plano académico la teoría cultural feminista empezó a eclipsar a la teoría social feminista. Lo que había empezado como un correctivo necesario al economicismo evolucionó con el tiempo a un culturalismo igualmente sesgado. En lugar de alcanzar un paradigma más amplio y rico, capaz, por lo tanto, de abarcar la redistribución y el reconocimiento, las feministas de segunda ola cambiaron de hecho un paradigma truncado por otro.

El momento, además, no podía ser peor. El giro al reconocimiento encajó muy fácilmente en un neoliberalismo ascendente que no quería sino reprimir cualquier recuerdo del igualitarismo social. Las feministas, en consecuencia, absolutizaron la crítica a la cultura precisamente en el momento en el que las circunstancias exigían redoblar la atención sobre la crítica a la economía política. A medida que la crítica se fragmentaba, además, la rama cultural no sólo se desgajaba de la económica, sino también de la crítica al capitalismo que antes las había integrado. Separadas de la crítica al capitalismo y puestas a disposición de articulaciones alternativas, estas ramas pudieron ser atraídas a lo que Hester Eisenstein ha denominado una relación peligrosa con el neoliberalismo".

Nancy Fraser: "El feminismo, el capitalismo y la astucia de la Historia".

martes, 16 de enero de 2018

A vueltas con la paridad.

"Para mí, la paridad no es cuestión de números. Es, por el contrario, una condición cualitativa, la condición de ser un par, de estar a la par que otros, de interactuar con ellos en condiciones de igualdad. Esa condición no está garantizada por los mismos números. 

(...) La exigencia de parité hace referencia sólo a una dimensión de la justicia, a saber, la del reconocimiento. Allí, en consecuencia, se asume aparentemente que el principal obstáculo para la plena participación de las mujeres en la vida política es una jerarquía de valores androcéntrica en la estructura de partidos, y que la principal solución es la exigencia constitucional de que las mujeres constituyan la mitad de las listas de candidatos electorales. para mí, por el contrario, la exigencia de paridad participativa es aplicable a ambas dimensiones de la justicia social, tanto la distribución como el reconocimiento. Y asumo que el obstáculo para la paridad puede ser (y a menudo es) una mala distribución ademas de la falta de reconocimiento. En el caso de la disparidad de género en la representación política, por tanto, asumo que no sólo hace falta desinstitucionalizar las jerarquías de valor androcéntricas sino también reestructurar la división del trabajo y eliminar el doble turno de las mujeres, que constituye un formidable obstáculo distributivo a su plena participación en la vida política".

Nancy Fraser: "La política feminista en la era del reconocimiento: una aproximación bidimensional a la justicia de género".

miércoles, 22 de noviembre de 2017

No será el momento de hablar de posfeminismo mientras no podamos hablar de pospatriarcado.

"Tener una identidad social, ser una mujer o un hombre, por ejemplo, es exactamente vivir y actuar bajo un conjunto de descripciones, las cuales, por supuesto, no son secretadas sin más por el cuerpo de cada persona; si no exudados simplemente por su psique. Derivan, por el contrario, del fondo de posibilidades interpretativas del que disponen los agentes de sociedades específicas. De ahí deducimos que, para entender las dimensiones que el género tiene en la identidad social, no basta con estudiar biología o psicología. Por el contrario, debemos estudiar las prácticas sociales históricamente específicas a través de las cuales se producen y circulan las descripciones culturales de género.

Las identidades sociales son, además, enormemente complejas. Están entretejidas a partir de una serie de descripciones distintas que derivan de una pluralidad de prácticas significativas distintas. Nadie es, en consecuencia, simplemente mujer sino, por ejemplo, mujer blanca, judía, de clase media, socióloga, lesbiana, socialista y madre. Dado que todos actuamos en una pluralidad de contextos sociales, además, las diferentes descripciones que componen la identidad social de un individuo entran y salen del punto de mira. Una no siempre es, por tanto, mujer en el mismo grado; en algunos contextos, la condición de mujer constituye un elemento central en el conjunto de descripciones bajo las que una persona actúa; en otros, es periférica o permanece latente. Por último, no se da el caso de que las identidades sociales de las personas se construyan de una vez por todas y se fijen definitivamente. Por el contrario, se alteran con el tiempo, variando con los cambios de prácticas y afiliaciones de los agentes. Incluso el modo de ser mujer cambiará, por tomar un ejemplo drástico, cuando esa mujer se hace feminista. (...) En la actual ola de fermento feminista, muchas que antes habíamos sido mujeres de un modo establecido nos hemos convertido ahora en mujeres en el  sentido muy distinto de colectividad política discursivamente autoconstituida.

(...) Las identidades sociales cambiantes, complejas y construidas discursivamente proporcionan una alternativa a las concepciones esencialistas y cosificadas de la identidad de género, por una parte, y a las simples negaciones y dispersiones de la identidad, por otra. Nos permiten navegar con seguridad entre las dos orillas del esencialismo y el nominalismo, entre cosificar las identidades sociales de las mujeres bajo estereotipos de feminidad, por una parte, y disolverlas en la completa nulidad y el olvido, por otra. Afirmo, por lo tanto, que con la ayuda de una concepción pragmática del discurso podemos aceptar la crítica al esencialismo sin volvernos posfeministas. Esto me parece una ayuda valiosísima, porque no será el momento de hablar de posfeminismo mientras no podamos hablar legítimamente de pospatriarcado".

Nancy Fraser: "Contra el simbolismo: usos y abusos del lacanismo en la política feminista".

jueves, 9 de noviembre de 2017

Las exclusiones sexistas de la socialdemocracia.

"Cuando el feminismo de segunda ola irrumpió en la escena mundial, los Estados capitalistas avanzados de Europa Occidental y Norteamérica seguían disfrutando de la insólita racha de prosperidad que siguió a la Segunda Guerra Mundial. Utilizando nuevas herramientas de gestión económica keynesiana, habían aprendido, en apariencia, a contrarrestar las recesiones económicas y a guiar el desarrollo económico nacional para garantizar prácticamente el pleno empleo de los hombres. Al incorporar los otrora indómitos movimientos sindicales, los países capitalistas avanzados habían construido Estados del bienestar más o menos extensos, e institucionalizado una solidaridad nacional entre las clases. A buen seguro, este histórico acuerdo entre clases descansaba en una serie de exclusiones de género y etnorraciales, por no mencionar la explotación neocolonial externa. Pero aquellas líneas de fractura potenciales tendían a permanecer latentes en un imaginario socialdemócrata que situaba en primer plano la redistribución entre las clases. El resultado fue un próspero cinturón noratlántico de sociedades de consumo de masas, que en apariencia había amansado el conflicto social.

En la década de 1960, sin embargo, la calma relativa de esta edad de oro del capitalismo se vio repentinamente sacudida. En una extraordinaria explosión internacional, los jóvenes radicales tomaron las calles, al principio para oponerse a la Guerra de Vietnam y a la segregación racial en los Estados Unidos. Pronto empezaron a cuestionar rasgos fundamentales de la modernidad capitalista que la socialdemocracia había naturalizado hasta entonces (...).

Junto con sus camaradas de otros movimientos, las feministas de esa época remodelaron el imaginario radical. Al transgredir una cultura política que había primado a actores que se representaban a sí mismos como clases políticamente controlables e integradas en un marco delimitado nacionalmente, cuestionaron las exclusiones sexistas de la socialdemocracia. Al poner de manifiesto los problemas planteados por la familia burguesa y por el paternalismo de las políticas sociales, mostraron el profundo androcentrismo de la sociedad capitalista. Al politizar lo personal, expandieron los límites de la protesta más allá de la distribución socioeconómica, para incluir el trabajo doméstico, la sexualidad y la reproducción".

Nancy Fraser: Fortunas del feminismo.

lunes, 21 de agosto de 2017

Que haya alguien en casa que te cuide es la única posibilidad para no volverse loco.

"De la misma manera que Dios creó a Eva para dar placer a Adán, el capital creó al ama de casa para servir al trabajador masculino, física, emocional y sexualmente; para criar a sus hijos, coser sus calcetines y remendar su ego cuando esté destruido a causa del trabajo y de las (solitarias) relaciones sociales que el capital le ha reservado. Es precisamente esta peculiar combinación de servicios físicos, emocionales y sexuales que conforman el rol de sirvienta que las amas de casa deben desempeñar para el capital lo que hace su trabajo tan pesado y al mismo tiempo tan invisible. No es casual que la mayor parte de los hombres comiencen a pensar en el matrimonio tan pronto como encuentran su primer trabajo. Esto no sucede sólo porque económicamente se lo puedan permitir sino porque el que haya alguien en casa que te cuide es la única posibilidad para no volverse loco después de pasar el día en una línea de montaje o en una oficina. Toda mujer sabe que debe cumplir con esos servicios para ser una mujer de verdad y lograr un patrimonio "exitoso". También en este caso, cuanto mayor es la pobreza familiar, mayor es la esclavitud a la que se ve sometida la mujer y no tan solo debido a la situación económica. De hecho el capital mantiene una política dual, una para la clase media y otra para las familias de clase trabajadora. No es accidental que sea en esta última donde encontramos el machismo menos sofisticado: cuantos más golpes se lleva un hombre en el trabajo más y mejor entrenada tiene que estar la mujer para absorber los mismos, y más permitido le estará el recuperar su ego a su costa. Le pegas a tu mujer y viertes tu rabia en ella cuando te sientes frustrado o demasiado cansado a causa del trabajo, o cuando te han vencido en una lucha (aunque trabajar en una fábrica ya es una derrota). Cuanto más obedece un hombre y más ninguneado se siente, más manda alrededor suyo. La casa de un hombre es su castillo y su mujer debe aprender a esperar en silencio cuando él está de mal humor, a recompone sus pedazos cuando está hecho trizas y odia el mundo, a darse la vuelta en el lecho cuando él dice estoy demasiado cansado esta noche o cuando lo hace tan rápido que, tal y como lo describió cierta vez na mujer, lo mismo podría estar haciéndolo con un bote de mayonesa. Las mujeres siempre han encontrado maneras de rebelarse, o de responder, pero siempre de manera aislada y en el ámbito privado. El problema es entonces cómo se lleva esta lucha fuera de la cocina y del dormitorio, a las calles".

Silvia Federici: "Salarios contra el trabajo doméstico".

lunes, 17 de julio de 2017

Contra los estándares de lo aceptable.

"Nuestra sociedad no puede concebir aún que una chica joven y relativamente cuerda elija dedicarse al trabajo sexual por otro motivo que no sea la desesperación. Va en contra de todos los estándares de lo aceptable para la mujer. También es importante marginar a las trabajadoras sexuales, no vaya a ser que nuestras tiernas hijitas se imaginen una carrera en lo que aún hoy es un tabú terrible. Hace cien años se declaraba ninfómanas enfermas a las mujeres que querían mantener relaciones sexuales más a menudo que sus maridos. Hoy, a pesar de que a las mujeres se les concede el derecho a la satisfacción sexual, el doble rasero sigue vigente y en plena forma, y se controla a las mujeres a través del miedo a la temida etiqueta de golfa. Convertirse en una trabajadora sexual cruza la línea que separa el territorio prohibido: ¿cómo nos atrevemos a usar nuestros cuerpos y nuestra sexualidad para ganarnos la vida o simplemente para expresar quiénes somos? ¿Quién nos ha dado el derecho al control absoluto sobre nuestros cuerpos y nuestra sexualidad?

(...) Es cierto que muchas de las mujeres que empiezan a desempeñar un trabajo sexual lo hacen por motivos poco positivos, como por ejemplo para superar sentimientos de falta de autoestima o de odio hacia sí mismas. Pero también hay muchas mujeres que lo hacen porque disfrutan del sexo y les gusta la idea de tener relaciones sexuales por dinero, o al menos porque lo encuentran mucho menos opresor y mucho más lucrativo que algunas de sus otras opciones".

Candida Royalle: "Qué hace una chica como tú...", en VV.AA.: Porno feminista. Las políticas de producir placer.

jueves, 29 de junio de 2017

Las feministas que se negaron a cuidar.

"La confrontación con el trabajo reproductivo -reducido, en un principio, al trabajo doméstico- fue el factor definitorio para muchas mujeres de mi generación, nacidas en el periodo posterior a la Segunda Guerra Mundial. Después de dos guerras, que en el espacio de tres décadas habían eliminado a setenta millones de personas, los atractivos de la domesticidad y la promesa de sacrificar nuestras vidas para producir más trabajadores y soldados par el Estado no tenían lugar en nuestro imaginario. De hecho, más que la confianza en una misma que la guerra otorgó a muchas mujeres -y que en EEUU simbolizó la imagen de Rossie la remachadora-, fue la memoria de la carnicería en la que habíamos nacido, especialmente en Europa, lo que dio forma a nuestra relación con la reproducción durante el periodo de postguerra. (...) Cuando recuerdo las visitas que, en Italia, siendo escolares, hacíamos a las exposiciones en los campos de concentración, y las historias que se contaban en las sobremesas acerca de la cantidad de veces que, a duras penas, nos habíamos salvado de ser asesinados por los bombardeos, escapando en mitad de la noche en busca de refugio bajo un cielo que refulgía con las estelas de las bombas, no puedo dejar de preguntarme cuánto peso habrán tenido estas experiencias en mi decisión, y en la de muchas otras mujeres, de no tener hijos ni convertirnos en amas de casa.

Esta perspectiva antibelicista puede que sea la razón por la que nuestra actividad, al contrario que otras críticas feministas previas al hogar, la familia y el trabajo doméstico, no podía buscar reformas. Echando un vistazo retrospectivo a la literatura feminista de principios de los años setenta, me sorprende la ausencia de las problemáticas que preocupaban a las feministas de los años veinte, cuando la reordenación del hogar en términos domésticos, la tecnología aplicada al hogar y la reorganización de los espacios eran temas centrales en la teoría y la práctica feministas. Por primera vez, el feminismo mostraba una ausencia de identificación con el trabajo reproductivo, no sólo cuando se producía para otros sino incluso en relación a nuestras familias y parientes".

Silvia Federici: Revolución en punto cero. Trabajo doméstico, reproducción y luchas feministas.

"Amar, cuidar, sostener, durante toda la vida hasta que revientes, sin poder elegirlo. Sumergirse y condenarse a esa circularidad opresiva de lo doméstico, a esa repetición continua que no permite excepciones. Podríamos decir que somos las hijas de las feministas de los setenta que se negaron a cuidar".

Carolina León: Trincheras permanentes. Intersecciones entre política y cuidados.

sábado, 17 de junio de 2017

De la esquizofrenia entre discurso y actuación.

"Y es así que entro en la casa a colaborar con mi madre, que está terminando el almuerzo y aprovecha para quejarse. Explica que está harta de las manías de los hombres con los que vive. Hasta el gorro de recoger calcetines y calzoncillos usados del suelo -para lavarlos, tenderlos, recogerlos, devolverlos a su sitio-, de levantar los platos en los que acaban de comer -que habrá de fregar-, de ser quien únicamente pasa un cepillo y un mocho cuando le dan las fuerzas -y se lo permite la bronquitis-.

Y le digo cómodamente: 'Deja de cuidarlos'. Entonces se monta la obra de teatro entre madre e hija. 'No lo hagas más, ¿qué va a pasar?', yo. Que tienen más años que matusalén, que ella ya cuidó bastante. Que qué pasaría sino estuviera. Que pruebe. '¿Y abandonarlos? ¿Y quién lo va a hacer?', ella. Que están viejos, que no saben hacer nada solos. 'Tú también estarías haciéndolo', me espeta. 'No, no estaría haciéndolo', respondo, aunque creo que digo mentiras. 'Pero es que a ti no te cuida nadie', yo.

'Algo tendré, lo que no sé es convivir con la mierda'. Y sé que hay mucho más que eso, la despensa surtida, dos menús al día, una batalla diaria contra el caos. En mi pequeña pieza teatral, la hija no va a tomar el rol de la madre, la madre no encuentra una salida para soltar su rol, el hombre no se está enterando de nada. Mi madre termina enfadada conmigo yo estoy enfadada con la vida.

Sabemos que no es nuestra tarea exclusiva pero no podremos evitar levantarnos para retirar los platos. Vemos la matriz que reparte los cuidados asimétricamente pero propondremos antes que nadie dejar de discutir. Convivimos con esa desigualdad y con nuestras intelectualizaciones. Esa pequeña esquizofrenia entre discurso y actuación (...). Probábamos las dulzuras de la vida autónoma, pero habíamos crecido absorbiendo la tendencia al cuidado -por el ejemplo de otras o por insistencia con muñecas de plástico- asignada a lo femenino. En este terreno confuso es posible la crítica feminista a la organización social que da por hecho tantas cosas, mientras en las prácticas concretas y en nuestras experiencias -urbanas o rurales, del norte o del sur- no hemos conseguido desmontar mucho. En este terreno convive todo, con cargo a nuestras espaldas, y yo no he hecho más que enfadar a mi madre".

Carolina León: Trincheras permanentes. Intersecciones entre política y cuidados.

jueves, 11 de mayo de 2017

Dudando de nuestra propia cordura.

"¿Por qué había de repente tanto conflicto con la representación sexual de las mujeres en la esfera pública? Desde mi punto de vista, era una cuestión demográfica. Las mujeres que habían terminado la secundaria a finales de los años setenta -cuando el pensamiento feminista estaba influyendo en las ideas sobre la sexualidad- se encontraban ahora a mitad de su veintena, un momento natural para la exploración sexual y la experimentación. El feminismo nos presentó conceptos como nuestros cuerpos, nuestras reglas, y al mismo tiempo, la prominente autora feminista Robin Morgan proclamaba el porno es la teoría, la violación es la práctica. Se nos animaba a que nos hiciéramos responsables de nuestros orgasmos y al mismo tiempo se afirmaba que la penetración era la práctica patriarcal de colonizar los cuerpos de las mujeres, y que cualquier mujer que lo deseara no estaba liberada. Esos mensajes contradictorios dejaban a toda mujer dudando de su propia cordura. Si las mujeres querían practicar juegos de roles o de intercambio de poder, penetrar a sus parejas o ser penetradas, o consumir pornografía en sus vidas privadas, se cuestionaban por ello sus credenciales feministas. Al definir lo personal como político, esta facción del feminismo también definía lo político como personal. Se nos instaba, usando las palabras de los cuáqueros del siglo XVIII, a decirle la verdad al poder, pero si lo hacíamos con nuestras propias voces individuales, se nos acusaba de traicionar a todo nuestro género".

Nina Hartley: "Porno: un medio efectivo para educar y modelar la conducta sexual".

miércoles, 3 de mayo de 2017

Porno-grafos: los escritos de las putas.

"La palabra pornografía tiene su origen en el griego πορνοράφος, porno-grafos: los escritos de las prostitutas. Si la sociedad tratara el sexo con algo de dignidad y respeto, tanto las personas que crearan pornografía como las que ejercieran la prostitución tendrían un estatus social, que está claro que tuvieron en un momento dado. (...) La idea de reclamar el poder sexual de la mujer al crear pornografía era un concepto embriagador. El feminismo podría restaurar las perspectivas históricas de las sacerdotisas de los antiguos templos egipcios, de las prostitutas sagradas, las amazonas de Lesbos, las cortesanas reales de los palacios sumerios. El amor sexual era probablemente lo que la gente anhelaba, así que me di permiso a mí misma para romper las siguientes mil reglas de intimidación dirigida a controlar la conducta sexual de la mujer. (...) Para que las mujeres progresemos, tenemos que cuestionar toda autoridad, tener la disposición a desafiar cualquier regla cuyo objetivo sea controlar nuestra conducta sexual, y evitar que las cosas sigan como siempre, ya que eso mantiene el statu quo".

Betty Dodson: "Porn wars. Las guerras del porno", en VV.AA.: Porno feminista. Las políticas de producir placer.

miércoles, 12 de abril de 2017

Las guerras del porno.

"El concepto de porno feminista surge en los años ochenta en plena guerra feminista contra el porno en Estados Unidos. Las guerras del porno (también conocidas como porn wars, las guerras feministas por el sexo, o los debates feministas sobre la sexualidad) emergieron de un debate dentro del feminismo sobre el papel de la representación sexualizada dentro de la sociedad y acabaron con una división completa del movimiento que ha durado más de tres décadas. En el apogeo del movimiento feminista en Estados Unidos surgió una extendida lucha de activistas de base en contra de la proliferación de representaciones misóginas y violentas en los medios de comunicación de masas, que se vio superada por un esfuerzo centrado explícitamente en prohibir legalmente el medio más explícito de todos, y aparentemente el más sexista: la pornografía. Utilizando el lema de Robin Morgan "la pornografía es la teoría; la violación es la práctica", el feminismo antipornografía argumentaba que el porno era una mercantilización de la violación. Mientras que un grupo llamado Women Against Pornography (WAP) comenzó a organizarse seriamente para prohibir la obscenidad en todo el país, otras feministas como Lisa Duggan, Nan D. Hunter, Kate Ellis y Carol Vance denunciaron lo que consideraban una connivencia mal concebida del WAP con la derecha cristiana y la Administración Reagan, sexualmente conservadora, así como una deformación del activismo feminista hacia un movimiento a favor de la higiene moral y las buenas costumbres. Considerando que el feminismo antipornografía constituía un enorme paso atrás en la lucha feminista para empoderar a la mujer y a las minorías sexuales, una comunidad muy activa de trabajadores sexuales y activistas sexuales radicales se unió al feminismo anticesura y sex-positive, y en conjunto forjaron los cimientos del movimiento a favor del porno feminista.

(...) Pero el problema con la asunción de la antipornografía de que el sexo es inherentemente opresivo para las mujeres -de que las mujeres se degradan si realizan actos sexuales delante de una cámara- ignora y reprime la sexualidad de las mujeres".

VV.AA.: Porno feminista. Las políticas de producir placer.

sábado, 25 de febrero de 2017

Sobre las mujeres nuevas.

"Gravemente yerran quienes piensan aún que la mujer nueva, soltera, es el fruto de los heroicos esfuerzos de individualidades fuertes que han tomado conciencia de sí mismas. No se trata de la voluntad individual; no son el ejemplo de las valientes Magda o de la decidida Renée los que han creado a la mujer nueva. La transformación de la mentalidad de la mujer, de su estructura interna espiritual y sentimental, se lleva a cabo ante todo y muy especialmente en las profundidades sociales, allí donde, bajo el azote del hambre, se produce la adaptación de la obrera a las condiciones radicalmente transformadas de su existencia. (...) La voluntad individual queda sumergida, desaparece en el esfuerzo colectivo que millones de mujeres de la clase obrera hacen para adaptarse a las nuevas condiciones de existencia. El capitalismo despliega en ello una gran actividad: al arrebatar a cientos de miles de mujeres al hogar y al cuidado de la cuna, transforma esas naturalezas sumisas y pasivas de esclavas obedientes al marido en un ejército de combate por sus propios derechos y por los derechos e intereses de la colectividad humana: despierta la rebeldía, educa la voluntad. La individualidad de la mujer se endurece, se afirma. Pero ¡desdichada la obrera que crea en la invencible fuerza del individuo aislado! El carro del capital la aplastaría sin remedio.

(...) La realidad capitalista agudiza la sensación de antagonismo social entre las mujeres que trabajan. (...) Las mujeres nuevas, unas y otras, pasan por la etapa de la "rebeldía"; unas y otras lucha por afirmar su personalidad: unas conscientemente, "por principio", y otras, de modo elemental, colectivo, y empujadas por la necesidad. Pero en tanto que para la mujer de la clase obrera la lucha para la afirmación de su derecho, de su personalidad, concuerda con los intereses de su clase, las mujeres de las demás capas sociales tropiezan con un obstáculo: la ideología de su clase, hostil a la reeducación del modelo femenino. (...) Las mujeres trabajadoras marcan el ritmo de la vida, determinan la imagen de la mujer que caracteriza a una época concreta. Al derribar todos los valores morales y sexuales admitidos, las mujeres nuevas quebrantan la firmeza de los viejos principios en el alma de las mujeres que aún no se han lanzado por la nueva senda".

Alejandra Kolontai: "La mujer nueva", 1918.

lunes, 6 de febrero de 2017

Aumentar nuestro potencial de amar.

"Es menester retornar a los viejos tiempos, restablecer los antiguos basamentos familiares, reforzar las normas tradicionales de la moral sexual, decide la parte conservadora del género humano. Hay que destruir todas las hipócritas defensas del decrépito código de la moral sexual; ya es hora de tirar a la basura ese pellejo inútil y fastidioso... La conciencia individual, la voluntad individual de cada cual, esos son los únicos legisladores en tan íntima cuestión, se oye decir en el bando del individualismo burgués. La solución de los problemas sexuales no será consecuencia sino de la instauración de un orden social y económico reformado de modo radical, aseveran los socialistas. Pero ¿no indica ese recurrir al futuro que tampoco nosotros tenemos el hilo conductor en las manos? ¿Resulta, en efecto, posible ya hoy en día, descubrir o, al menos, indicar, el hilo mágico que promete zanjar el nudo?

(...) Nosotros, los pertenecientes a un siglo de propiedad capitalista, un siglo de tremendas luchas de clases y de moral individualista, vivimos y pensamos todavía bajo el funesto signo de una invencible soledad moral. Esta soledad en medio de inmensas ciudades populosas, tentadoras y ruidosas, esta soledad que nos acecha incluso entre amigos y compañeros, lleva al hombre de hoy a aferrarse con enfermiza avidez a un ser del sexo opuesto, pues únicamente el amor posee el mágico poder de ahuyentar, al menos por un tiempo las tinieblas de la soledad.

(...) La crisis sexual no tiene solución sin una reforma radical de la psicología humana, sin el aumento de 'potencial amoroso' de la reorganización radical de nuestras relaciones socioeconómicas, sobre bases comunistas. Sin esta 'vieja verdad' no hay solución".

Alejandra Kolontai: "Lucha de clases y sexualidad", 1918.

martes, 31 de enero de 2017

Que las verdades masculinas son solo verdades para la clase burguesa.

"La nueva mujer soltera es hija del sistema económico capitalista. (...) La mujer no tiene otro remedio que adaptarse rápidamente a las condiciones transformadoras de su existencia, a revisar a toda prisa las verdades morales que le proporcionaron las abuelas del pasado. Con sorpresa, advierte toda la inutilidad del peso moral con que le han cargado en la senda de la vida. las virtudes femeninas que durante siglos han cultivado en ella -pasividad, sumisión, dulzura- se revelan enteramente superfluas, inservibles, perjudiciales. La severa realidad exige otras virtudes; actividad, firmeza, decisión, dureza, es decir, "virtudes" que hasta hoy se han tenido por propiedad exclusiva del hombre. (...) En esta adaptación presurosa a las nuevas condiciones de existencia, la mujer comprende y asimila a menudo, sin críticas; las verdades masculinas que, contempladas más de cerca, vemos que sólo son verdades para la clase burguesa. (...) El mundo capitalista no concede perdón sino a las mujeres que han conseguido rechazar las virtudes femeninas y asimilar la filosofía de la lucha por la vida que le es propia al hombre".

Alejandra Kolontai: "La nueva mujer", 1918.

viernes, 27 de enero de 2017

La mujer contemporánea se está volviendo difícil.

"La mujer contemporánea se está volviendo difícil: quiere y pide que se respete su personalidad, su alma, que su yo sea considerado. No soporta el despotismo. (...) La mujer contemporánea está en condiciones de perdonar mucho de cuanto resultaba más duro para la mujer antigua: la incapacidad del hombre para procurarle un bienestar material, un descuido exterior para con ella, inclusive una infidelidad; pero nunca podrá olvidar, nunca aceptará un actitud despectiva hacia su yo espiritual, hacia su alma. Si su amigo "no la comprende", las relaciones pierden, él, ojos de la mujer nueva, la mitad de su valor.

(...) Cuanto más decantada es la personalidad de una mujer, más se siente ser humano, más intensa es para ella la ofensa del hombre que, por su mentalidad formada en el curso de los siglos, no sabe advertir, en la mujer deseada, el individuo que despierta. Tales exigencias acrecentadas con respecto al hombre obligan a nuestras heroínas de novelas contemporáneas a ir de una pasión a otra, de un amor a otro, en dolorosa búsqueda del ideal accesible: la armonía de la pasión y la compenetración espiritual, la conciliación del amor y de la libertad, la unión de la amistad y de la mutua dependencia. (...) La realidad presente defrauda a todas esas ingenuas buscadoras de un amor armonioso, pleno. Y rompen implacablemente todos los lazos de amor, parten hacia su sueño. Pero olvidan que lo que hoy pretenden no podrá realizarse sino en un lejano futuro, y por hombres cuyo espíritu se haya renovado, hombres que habrán asimilado orgánicamente la idea de que, en la unión amorosa, el primer puesto debe corresponder a la amistad y la libertad".

Alejandra Kolontai: "La mujer nueva", 1918.

miércoles, 16 de noviembre de 2016

El cuerpo deseable.

"A la Afrodita agachada (250 a.C.) se le marcan las lorzas. Si la Venus de Milo (130-100 a.C.) viviera hoy, probablemente le acomplejaría tener las caderas más anchas que la espalda, probablemente fantasease con unos implantes de silicona para poder lucir canalillo. En la escultura griega clásica, los héroes y los dioses están cachas: tienen espalda ancha, bíceps marcados, pectorales definidos, piernas largas, tableta de chocolate y esos sugerentes surcos en las ingles que anhelan tener los chicos que se apuntan al gimnasio. Podrían ser tronistas de Mujeres y hombres y viceversa. El David, de Miguel Ángel (s. XVI) está cañón. Nos sorprende que las pálidas y celulíticas Tres Gracias, de Rubens, reflejen el canon de belleza de la época (s. XVII); Paris y Hermes, sin embargo, seguirían siendo considerados unos hombretones agraciados.

María Félix, comunicadora social y activista gorda nicaragüense, explica que los cánones de belleza son dictados por el poder, determinados por sistemas de opresión como el género y la raza. De ahí que el estereotipo de cuerpo femenino deseable haya variado tanto en la cultura occidental en función del momento histórico; mucho más de lo que ha variado el cuerpo masculino deseable. Las caderas anchas han sido más valoradas en periodos en los que la economía requería de altas tasas de natalidad.

Los cánones de belleza se van imprimiendo en el imaginario colectivo a través del arte o de los medios de comunicación, según la época. Se convierten en modelos de referencia para las mujeres, que desearán parecerse a ellos.

(...) Esa lógica de un cuerpo único te niega. Yo tengo un cuerpo muy parecido al de mi mamá. Si yo renegara de mi cuerpo, estaría negando el cuerpo de mi mamá, de mi abuela, de mis ancestras, y me estaría negando a mí misma, exclama María Félix".

June Fernández: 10 ingobernables. Historias de transgresión y rebeldía.

viernes, 21 de octubre de 2016

Los machos de izquierda.

"En público, Irina se muestra entregada; en confianza, es más crítica. Acumula ya demasiadas desilusiones hacia los procesos revolucionarios. Primero fue el sandinismo: Estuve dispuesta a dar la vida por la Revolución nicaragüense, pero el Frente se dividió, y aún hoy mantiene rezagos de la dictadura de Somoza. Después, el zapatismo. Que la expulsasen de la organización por su transición de género fue todo un golpe emocional y político. Sentí quedarme huérfana, pero después entendí que la Revolución es más grande que las personas. El EZLN tuvo un momento de mucha luz, pero cuando una está dentro, el trabajo clandestino la hace callar, y a mí me molestaba mucho el culto al subcomandante Marcos.

(...) El proceso bolivariano le ha entusiasmado y emocionado durante años, pero le parece que es "una revolución inconclusa". (...) Irina sigue siendo una ferviente militante comunista, pero los machos de izquierda no la reconocen como cuando lucía barba y bigote. Asegura que el 90% de su entorno político le dio la espalda. Recibió insultos y burlas. Algunas hicieron alianzas macabras con mi madre para hacerme pasar momentos muy jodidos. Quienes se han quedado cerca de ella son, en su mayoría, mujeres y feministas".

June Fernández: 10 ingobernables. Historias de transgresión y rebeldía.