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lunes, 3 de abril de 2017

Que su magia era la ciencia de la época.

"Las mujeres sabias, o brujas, poseían multitud de remedios experimentados durante años y años de uso. Muchos de los preparados de hierbas curativas descubiertos por ellas continúan utilizándose en la farmacología moderna. Las brujas disponían de analgésicos, digestivos y tranquilizantes. Empleaban el cornezuelo (ergotina) contra los dolores del parto, en una época en que la Iglesia aun los consideraba un castigo de Dios por el pecado original de Eva. Los principales preparados que se emplean actualmente para acelerar las contracciones y prevenir hemorragias después del parto son derivados del cornezuelo. Las brujas y sanadoras empleaban la belladona -todavía utilizada como antiespasmódico en la actualidad- para inhibir las contracciones uterinas cuando existía riesgo de que se produjera un aborto espontáneo. Existen indicios de que la digitalina -un fármaco todavía muy importante en el tratamiento de las afecciones cardíacas- fue descubierta por una bruja inglesa. Sin duda, otros muchos remedios empelados por las brujas eran en cambio pura magia y debían su eficacia -cuando la tenían- a un efecto de sugestión.

Los métodos empleados utilizados por las brujas sanadoras representaban una amenaza tan grande (al menos para la Iglesia católica y en menor medida también para la protestante) como los resultados que aquellas obtenían, porque en efecto, las brujas eran personas empíricas: confiaban más en sus sentidos que en la fe o en la doctrina; creían en la experimentación, y en la relación entre causa y efecto. No tenían una actitud religiosa pasiva, sino activamente indagadora. Confiaban en su propia capacidad para encontrar formas de actuar sobre las enfermedades, los embarazos y los partos, ya fuera mediante medicamentos o con prácticas mágicas. En resumen, su "magia" era la ciencia de su época".

Barbara Ehrenreich y Deidre Englis: Brujas, parteras y enfermeras. Una historia de sanadoras femeninas.

lunes, 20 de marzo de 2017

Toda magia tiene su origen en la lujuria de la carne.

"La misoginia de la Iglesia (...) queda demostrada por la doctrina que afirmaba que, en el coito, el varón depositaba en el cuerpo de la mujer un homúnculo, es decir, un "pequeño hombre" completo, con el alma incluida, hombrecillo que simplemente pasaba nueve meses cobijado en el útero, sin recibir ningún atributo de la madre. Aunque el homúnculo no estaría realmente a salvo hasta pasar otra vez a manos de un hombre, el cura que debía bautizarlo, asegurando de este modo la salvación de su alma inmortal.

Otra deprimente fantasía de ciertos pensadores religiosos medievales era que en el momento de la resurrección todos los seres humanos renacerían ¡bajo forma de varones! La Iglesia asociaba la mujer al sexo y condenaba todo placer sexual, considerando que éste sólo podía proceder del demonio. Se suponía que las brujas habían experimentado por primera vez el placer sexual copulando con el demonio (a pesar del miembro frío como el hielo que se le atribuía) y que luego contagiaban a su vez el pecado a los hombres. Es decir, culpaba a la mujer de la lujuria, ya fuera masculina o femenina. (...) A los ojos de la Iglesia, todo el poder de las brujas procedía en última instancia de la sexualidad".

Barbara Ehrenreich y Deidre Englis: Brujas, parteras y enfermeras. Una historia de sanadoras femeninas.


"Toda magia tiene su origen en la lujuria de la carne, que es insaciable en la mujer. Para satisfacer su lujuria, copulan con demonios (...). Queda suficientemente claro que no es de extrañar que la herejía de la brujería contamine a mayor número de mujeres que de hombres. Y alabado sea el Altísimo por haber preservado hasta el momento al sexo masculino de tan espantoso delito".

Malleus Maleficarum, 1487.