lunes, 11 de mayo de 2015

Los violadores.

"El 30 de febrero de 2005, o en torno a esa fecha, me enfurecí. Me avergüenza admitirlo, pero este libro había sido un hijo del miedo, no de la ira. La violencia sexual me era familiar. Como a todas las mujeres, me habían prevenido acerca del peligro sexual desde la infancia, y había visto huellas de violencia grabadas en los cuerpos y los espíritus de amigas mías. No obstante, ese día de febrero leí un informe del Ministerio de Interior británico que revelaba que sólo un 5 por 100 de las violaciones que se denunciaban a la policía en el Reino Unido acaban en una condena. La conciencia que he tenido toda mi vida sobre los daños que produce la violencia sexual cristalizó de repente en un proyecto intelectual y político. Naturalmente, para entonces ya sabía que la situación era mala. En la década de 1970 sólo una de cada tres violaciones denunciadas acababa en una condena. Pero nunca imaginé que hoy en día esa proporción habría descendido hasta ser una de cada veinte".

Joanna Bourke: Los violadores. Historia del estupro de 1860 a nuestros días.

domingo, 10 de mayo de 2015

Prostitución, sororidad y acción colectiva.

"Las condiciones de las salas en las que ran confinadas unido al régimen disciplinario al que estaban sometidas suscitaron, desde los años setenta, las quejas reiteradas de las prostitutas allí ingresadas. Estas se manifestaban primero promoviendo alborotos como forma de protesta o amotinándose como en 1885, a causa de un castigo de seis días a pan y agua impuesto a unas compañeras. El motivo del castigo era haber sido sorprendidas in fraganti hablando con ciertas personas de la calle del Tinte por las rejas. Un año más tarde volvieron a sublevarse las enfermas. Se encierran en el último piso del edificio y se protegen tapiando las puertas y formando barricadas con colchones, camas y mesas. Eran 84 las enfermas atrincheradas, pedían que fueran puestas en libertad las dos enfermas castigadas en el calabozo y no ser asistidas por el médico de la sala que había puesto el castigo, don Alfonso Caro".

Matilde Cuevas: Las mujeres prostitutas en el Madrid del siglo XIX: control, espacios y formas de vida.


viernes, 8 de mayo de 2015

El crimen tenía que ser sofocado.

"El criminal se convirtió en una de las figuras centrales de la segunda mitad del siglo XIX. Se insistía en que su número y maldad aumentaba, y en que era preciso exigir una mayor represión y un endurecimiento del Derecho que condujera a un mayor número de juicios y a una mayor dureza de las penas y su aplicación. El crimen tenía que ser sofocado y para conseguirlo, para identificar peligrosidad social con criminalidad, era necesaria una moral que sancionase las leyes que los gobiernos aprobaban; una moral capaz de aunar la "sensibilidad burguesa" -tópica, de nula consustencia y fácilmente moldeable- con la "defensa social". Defensa que consistió no sólo en arbitrar medidas jurídicas o policiales, sino también en justificar, de la forma más científica posible, la génesis de la criminalidad y de un fenómeno conexo con ella, la locura, tratando de ocultar casi sistemáticamente la innegable repercusión de los cambios sociales que la instauración de un nuevo modo de producción imponía sobre determinados comportamientos humanos.

Es en este contexto en el que la degeneración y la Antropología criminal, defendiendo la existencia de unos "estigmas físicos" que estarían en correspondencia con los caracteres psicológicos de los criminales y los locos, iban a servir de soporte científico a quienes interesaba ocultar que el origen de la delincuencia poseía profundas raíces sociales".

Ricardo Campos, José Martínez y Rafael Huertas: Los ilegales de la naturaleza. Medicina y degeneracionismo en la España de la Restauración (1876-1923).

jueves, 7 de mayo de 2015

Que las mujeres se quedaban atrás casi por necesidad.

"Cuando la historiografía se interesa por la participación de las mujeres en las organizaciones antifranquistas con un enfoque de género, la primera constatación es la dificultad que encuentran las mujeres para militar en pie de igualdad con sus compañeros. (...) En una sociedad patriarcal como lo era la española en los años treinta, el reparto de tareas por sexos era algo que seguía estando vigente también en la izquierda, y de hecho era un estado de cosas que facilitaba, o incluso hacía posible, la militancia masculina, sobre todo en tiempos de persecución. En palabras de una militante de Mujeres Libres, hablando acerca de la militancia masculina en la República, "[los hombres] querían ser militantes las veinticuatro horas del día, y en esas condiciones, desde luego, era muy difícil que se diera la igualdad. Los hombres estaban tan comprometidos que las mujeres se quedaban atrás casi por necesidad. Por ejemplo, cuando encarcelaban a los hombres, las mujeres debían ocuparse de los hijos, trabajar para sacar adelante a la familia, visitarles en prisión...". (...) Las mujeres habrían sido las responsables de tejer la malla de cristal que formaba la infraestructura de las organizaciones (...), de sustentar la organización desde abajo y no de dirigirla, tarea reservada a los hombres. Todos los trabajos pequeños, repetitivos y en apariencia insignificantes o poco valorizantes (lo que no significa en absoluto que estuvieran exentos de riesgos), como la ocultación o el transporte de documentación, el avituallamiento, las tareas de información, los enlaces, eran frecuentemente realizados por mujeres".

Mercedes Yusta Rodrigo: "Las mujeres en la resistencia antifranquista. Un estado de la cuestión".

miércoles, 6 de mayo de 2015

La Política como dimensión constitutiva de la Historia.

"Aunque hablar de uso público resulta ciertamente redundante, pues no se trata tanto de un uso, y como tal de una opción que pueda ser utilizada o no, sino de que la política (la proyección política, en sentido amplio, en el presente) es una dimensión constitutiva de la Historia con los mismos títulos que su dimensión cognitiva".

Carlos Forcadell y Juan José Carreras (coords.): Usos públicos de la Historia.

"Y además la Historia, no cabe duda, al seleccionar datos y cosas, crea una determinada memoria. Siempre social, y, por ende, siempre política. En nuestro caso, el compromiso ético con la finalidad social del saber histórico lo exponemos sin cortapisas: crear memoria colectiva para la justicia. Para eso es decisivo que la Historia muestre las razones de aquellos que no son esos "nosotros" encasillados en una cultura, una nación, una religión o un Estado, que nos enseñe el registro no sólo de las hazañas de los nuestros, sino sobre todo el sufrimiento de quienes padecieron a esos nuestros". 

Juan Sisinio Pérez: La gestión de la memoria: la Historia de España al servicio del poder.

martes, 5 de mayo de 2015

Tomar las ciudades, ocuparlo todo.

"Una manifestación de masas puede interpretarse como la toma simbólica de una ciudad (...). Los manifestantes interrumpen la vida regular de las calles por las que desfilan o de los espacios abiertos que ocupan. 'Aislan' esas zonas y, como no tienen capacidad de ocuparlas de forma permanente, las transforman en un escenario temporal sobre el que representan el poder que todavía no tienen".

John Berger: "La naturaleza de las manifestaciones de masas", 1968.


lunes, 4 de mayo de 2015

La mujer devorada por la madre (II).

"¡Madres a educar a vuestros hijos!, decís vosotras en vuestras protestas, y yo digo: ¡Compañeras, a educarnos y asociarnos nosotras, para enseñar a nuestros hijos el camino que han de seguir!".

Teresa Claramunt.
 
"La descripción simple del deber recíproco que naturalmente subsiste entre padres e hijos puede darse en pocas palabras: el padre que presta suficiente atención a los desasistidos infantes tiene derecho a requerir la misma atención cuando la vulnerabilidad de la edad recae sobre él. Pero subyugar a un ser racional a la mera voluntad de otro, una vez que esté en edad de responder ante la sociedad por su propia conducta, es el ejercicio de poder más cruel e indebido y es, tal vez, tan pernicioso para la moralidad como esos sistemas religiosos que no permiten al bien y el mal tener ninguna existencia, excepto en la voluntad Divina".

Mary Wollstonecraft: Vindicación de los derechos de la mujer, 1792.